La última cena

Cuando comencé a estudiar chino tenía trece años. Fue por inercia, por casualidad. Me resultaba diferente, interesante. Pero no era un idioma que estuviera aún de moda. Al principio, en las clases de chino, solo éramos tres.

Solíamos hacer preguntas de todo tipo a nuestra profesora nativa. Se llamaba Anita. Era una mujer joven, de carácter bonachón y noble. Sonreía con la boca abierta, dejando al descubierto el fino hueco que separaba sus paletas, y solo segundos después, se tapaba la boca tímidamente como un acto reflejo cultural que nunca supimos imitar. Solía llevar los labios pintados de un rojo muy sutil. El pelo largo, grueso y negro. Tenía mofletes y manos regordetas, y vestía siempre los mismos tres vestidos: uno azul que le llegaba por encima de las rodillas, otro rojo con líneas negras y uno marrón con la frase “Dream Big” a la altura del pecho.

Era de la ciudad de Chengdú. Lo único que sabíamos de aquella ciudad, era lo que Anita nos contaba: que Chengdú era famosa por sus pandas, su comida picante y las chicas más guapas de China. No nos tomábamos en serio sus clases. El chino era lo de menos y a ella parecía no preocuparle, pues se reía con nosotros.  Si bien no daba grandes detalles sobre su vida en China, intentábamos saber de ella todo lo posible, pues comprendíamos que su estancia en España no sería para siempre. Y aunque ella no lo dijera, tanto ella como nosotros sabíamos que sus clases con nosotros eran un momento de despeje. No nos hacíamos una idea de la distancia que separaba su cultura de la nuestra. Pero todo nos sonaba a muy lejos.

Un día cualquiera, al terminar la clase, nos dijo que el curso que viene ya no seguiría dándonos clase. Se regresaba a China porque su familia le dijo que “ya era hora de formar una familia”.

– ¿Pero y tienes novio? – No todavía, pero mi madre tiene una cita preparada para mí. Un chico de mi ciudad – dijo Anita sin mucha expresividad – ¿Y te gusta? – No sé, creo que no. – Nos fuimos a cenar con Anita al único sitio más o menos asiático de la ciudad: un WOK. Después, nos despedimos de ella a las puertas del convento donde se alojaba. No tenía mucha pinta de convento, era un edificio de bloques blanco desgastado, con una gran valla de hierro rodeando el perímetro. Nunca supimos si aquello era realmente un convento, pero lo llamábamos así porque estaba regentado por monjas. Según Anita, un lugar “muy estricto y aburrido”.

Volvió, se casó y tuvo el esperado hijo. Sin duda, una ciudadana ejemplar. Pero para nosotros, es mucho más que eso, pues siempre será Anita.

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