Otro conductor al que solo le veo la nuca. Habla a través de un auricular en una jerga que, después de tres años en esta ciudad, todavía solo consigo captar a medias. Este dialecto no se enseña en los libros. Es el idioma de los que crecieron oyéndolo y para quienes yo, aunque hable su lengua, sigo siendo la laowai “probablemente rusa o americana” ajena a su mundo.
En cada semáforo en rojo, el conductor hace estiramientos que cualquier aficionado a pilates envidiaría. Es un señor de unos sesenta años que lleva un polo beige desteñido y alguna que otra cana salpicada por la nuca. En otro escenario, diría que el coche no le pertenece.
¿Cuántos ojos habrán visto esta nuca?
Conduce con ambos smartphones en marcha, uno a cada lado del volante. Uno lo usa para hablar por videollamada con un familiar al que, desde el asiento de atrás, puedo distinguir tumbado en una cama con un estampado de rosas amarillas, y con el otro sigue el GPS mientras scrollea vídeos de gente comiendo. Supongo que el amigo lo acompaña mientras éste scrollea también.
Miro mis descuidadas uñas cortas y las comparo en la distancia con las de mi conductor: ¿Por qué tendrá únicamente largas las uñas del dedo gordo? El resto son de un tamaño medio.
La imagen de un perro aparentemente dulce me mira desde la pantalla del salpicadero, una imagen que corrompe el estilo deportivo del coche forrado de cuero, pero acabo apartando la mirada. Hay algo hostil en ella, como si supiera que, si bien sonríe, no me puedo fiar de él al cien por cien. Es un sentimiento recurrente al que no consigo ponerle nombre, como tantas otras cosas en este país.
Me bajo del coche con un «Xiexie, zaijián» a lo que, desde el otro lado de la pantalla, el amigo de mi conductor me responde con un «Ba-Bye!». Cierro la puerta con la risa de ambos amigos de fondo. Supongo que el perro generado por IA me ha prestado más atención que ellos en todo el trayecto. Una pena que no fuera correspondido.
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